SAN
PEDRO SULA, Honduras — Una nueva caravana de migrantes se prepara para
salir de Honduras y con ella se han delineado líneas de batalla desde el
norte: algunos han prometido ayudarlos; otros han jurado que los van a
frenar.
En
Estados Unidos, la salida de la caravana —programada para el 15 de
enero— le ha dado al presidente Donald Trump munición en su lucha contra
el congreso, al que le exige aprobar un presupuesto con 5700 millones
de dólares para construir un muro fronterizo con México. La disputa ha
resultado en el cierre de la administración más largo de la historia
estadounidense.
Tal como lo hizo cuando otra caravana emprendió el mismo trayecto en octubre,
Trump ha descrito de manera peyorativa a los migrantes de este grupo,
que afirman que su viaje es para escapar de la pobreza y la violencia y
que tienen el derecho legal de solicitar asilo, como pretenden hacerlo.
“Se
está formando otra gran caravana en Honduras que estamos tratando de
desintegrar, pero hasta ahora es más grande que cualquiera que hayamos
visto”, dijo Trump el jueves 10 de enero. “No podemos detenerla con drones ni con sensores, pero ¿saben con qué podemos pararla en seco? Con un muro poderoso y bien hecho”, aseguró.
A
pesar de las afirmaciones de Trump, nadie sabe cuántas personas saldrán
el martes y cuántas más se unirán conforme los migrantes crucen por
Guatemala, lleguen al sur de México y se abran paso hasta la frontera
con Estados Unidos.
Tampoco ha quedado claro quién puso en marcha el plan para organizar esta nueva caravana.
Héctor
Romero, de 37 años, decidió que se uniría al grupo el 9 de enero. “Solo
he tenido dos días de trabajo a la semana durante los últimos tres
meses y eso apenas cubre los gastos”, dijo Romero, quien está empleado
como recolector de pasajes de autobús en una población al oeste de San
Pedro Sula, la ciudad desde donde pretende salir la caravana. “No tuve
el valor de irme la última vez, pero ahora sí”.
El
hondureño, divorciado y padre de cuatro hijos, indicó que llevará
consigo a su hija de 12 años, pues cree que así tendrá más
probabilidades de que las autoridades migratorias de Estados Unidos lo
dejen entrar.
El
primer desafío para los migrantes podría ser su propio gobierno. Los
presidentes poco populares de Honduras y de Guatemala, que enfrentan diversos escándalos, están ansiosos por mantener el apoyo del gobierno de Trump, quien ha amenazado con recortar la ayuda financiera a estos países. Frenar la caravana podría ayudarlos a lograr ese objetivo.
Heide
B. Fulton, la encargada de negocios de la Embajada de Estados Unidos en
Honduras, viajó a la frontera de ese país con Guatemala para filmar un llamado dirigido a los migrantes. “No pierdan su tiempo y dinero en un viaje destinado a fracasar”, indica Fulton en el anuncio.
En
México, en tanto, el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha
dicho que lidiará con los migrantes de manera más humana que el gobierno
anterior.
Los
funcionarios mexicanos indican que quieren evitar los “horrores” que
vivían los migrantes cuando intentaban evitar que los arrestaran y los
deportaran durante su trayecto a través de México.
“Nuestra
visión es que los migrantes no son delincuentes; mucho menos
constituyen una amenaza a la seguridad de México o de Estados Unidos”,
dijo el 7 de enero Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación
mexicana, en un discurso dirigido a diplomáticos mexicanos en el que prometió un fin a las deportaciones masivas.
Sánchez
Cordero precisó que más de 300.000 centroamericanos entraron a México
el año pasado, la mayoría con un “acceso no documentado”, y que los
datos indican que el 80 por ciento tenía como objetivo cruzar la
frontera hacia Estados Unidos.
La
secretaria de Gobernación declaró que de ahora en adelante los
migrantes en caravana que entren a México por medio de un punto de cruce
oficial y que se registren obtendrían visas humanitarias y permisos
para trabajar en México para que puedan trasladarse bajo la supervisión
de las autoridades migratorias mexicanas hacia la frontera de Estados
Unidos. Sin embargo, recalcó que quienes crucen a México ilegalmente
serán deportados.
“No
se permitirá que su ingreso no sea ordenado ni seguro o controlado y
regulado por las leyes mexicanas”, dijo Sánchez Cordero.
Las
nuevas políticas del gobierno de México se pondrán a prueba cuando
llegue la caravana que saldría el martes, dijo Gustavo Mohar,
exfuncionario mexicano en temas de seguridad y migración. “El problema
no puede resolverse”, dijo, “entonces debe manejarse de manera
inteligente, precavida y realista”.
Afirmó
que de lograrse eso, sobre todo con tanta atención internacional
enfocada en los migrantes centroamericanos, le daría a México “autoridad
moral frente a Estados Unidos”.
Los
activistas dicen que viajar en caravanas ofrece seguridad para
protegerse de los grupos criminales y los funcionarios corruptos que van
tras los migrantes. Sin embargo, el tamaño de las caravanas recientes
se ha vuelto “incontrolable”, según Irineo Mujica, parte del grupo
trasnacional Pueblo Sin Fronteras, que ha acompañado a otras caravanas
anteriores en su paso por México. No está participando en la
organización de la nueva caravana.
A medida que la nueva caravana se prepara para partir, la experiencia de la agrupación más reciente es la que parece determinar la respuesta de los gobiernos y la gente a lo largo del camino.
Ese éxodo previo fue una historia narrada a través de imágenes: de las personas cuando cruzaron
el río Suchiate, que marca la frontera entre Guatemala y México; de
masas de gente que se movían atiborradas por autopistas o que se subían a
camionetas; así como de varias plazas de ciudades mexicanas que
quedaron transformadas en campamentos y albergues improvisados.
Cuando esa caravana —con casi seis mil integrantes— llegó a Tijuana,
los migrantes se toparon con una cerca alta que aún los separaba de su
destino estadounidense y una espera muy larga para solicitar asilo. Los
refugios de migrantes estaban saturados y las condiciones en el interior
rápidamente empeoraron. Algunos migrantes desistieron.
No
obstante, en Honduras, las dificultades de caravanas previas no han
disuadido a los que consideran unirse a la nueva. El peligro y las
frustraciones que vivirían en el camino son poco en comparación con el
temor abrumador de quedarse en el país o ser enviados de regreso, dijo
Lidia de Suazo, coordinadora de atención pastoral para los migrantes en
la arquidiócesis católica de Tegucigalpa, Honduras.
“La
mayoría de los que salieron en la caravana de octubre no fueron
deportados”, comentó. “Así que eso envía un mensaje a los países de
origen, y la gente dice: ‘Vayamos también, porque no van a
deportarnos’”.
Miroslava Cerpas, la coordinadora del área de movilidad humana del Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos,
dijo que pese a los peligros, “ellos van a salir de cualquier manera.
Muchos no saben adónde van, pero saben qué están dejando atrás”.
Algunos
de los migrantes en Tijuana, México, incluso dijeron que pensaban ir de
regreso al sur para unirse a la nueva caravana y acompañar así a los
que harán el viaje por primera vez. Omar Rivera, de 39 años, obrero
salvadoreño, era uno de ellos.
“Está
viniendo mucha gente y necesita nuestra ayuda”, dijo, mientras se
preparaba el jueves pasado para abordar un autobús con destino al sur.

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