LA CORRUPCIÓN CENTROAMERICANA ES LA CAUSA DE LAS MIGRCIONES
En Guatemala, el gobierno de Jimmy Morales ha clausurado
sospechosamente las tareas de la Comisión Internacional contra la
Impunidad en Guatemala (Cicig), el exitoso organismo nombrado por
Naciones Unidas para atacar la ineficacia judicial y la impunidad en el
país. En Honduras, el crimen violento descendió a 43 por 100.000 habitantes,
un gran logro gubernamental sin duda, excepto cuando se descubre que
esa cifra, una de las más altas del mundo, es más del triple que la de
Panamá y la de Costa Rica. En El Salvador, un país donde las maras,
conformadas por jóvenes desempleados, controlan los barrios y cobran
peaje a sus habitantes para no asesinarles, ha tenido niveles bajos de
crecimiento en la última década. En Nicaragua, la dictadura de Daniel
Ortega ha llenado de miedo a la población y la ha expulsado hacia Costa
Rica, y ha lanzado el crecimiento económico nicaragüense de un
quinquenio a un abismo del cual tardará décadas en salir.
Los
flujos humanos continuarán mientras las democracias en los países del
Istmo Centroamericano sigan desprestigiándose, ya sea por la corrupción,
el autoritarismo y la falta de escrúpulos de sus líderes o por la
ilegitimidad y la ingobernabilidad cada vez mayores de los sistemas
políticos que resultan de elecciones fraudulentas.
Centroamérica
no logra liberarse de los obstáculos que la han sometido al
subdesarrollo por casi dos siglos porque sus dirigentes han sido
incapaces de construir sociedades integradas, gobiernos eficientes,
economías modernas, sistemas tributarios justos y servicios públicos de
educación, agua y salud universales. Tampoco ha podido separarse de
manera permanente y definitiva de las tendencias autoritarias de su
pasado, ni ha dejado de ser presa de algunos intereses transnacionales
que la han expoliado.
Poco avanzará Centroamérica en los próximos años si no supera estos escollos. Así lo concluye “Central America 2030”, el último fascículo de la serie Trends publicado por la Universidad Internacional de la Florida y Global Americans.
Las
instituciones en casi todos los países son lastres —no motores— para la
movilidad y la innovación, lo que ha producido Estados disfuncionales:
grandes y costosos pero débiles. A esto se añade que son países que se
van a enfrentar cada vez más a retos globales y vertiginosos como el del
cambio climático y demográfico con pocos instrumentos legales y
técnicos para atenderlos.
Este
escenario tan desalentador, el peor desde de la década de los ochenta,
cuando la guerra era la norma en casi toda el área, está anclado en una
“cultura política” que pretende ser, pero no es, democrática y cuya
esencia sigue siendo despótica, excluyente y profundamente conservadora.
Para
romper con esas dinámicas estructurales, Centroamérica necesita al
menos tres cosas: liderazgos nuevos, honestos y con firme voluntad
transformadora; recursos financieros saludables, fruto de un crecimiento
económico sostenido que produzca empleo decente, y tiempo, el más
escaso de los factores disponibles en sociedades con clases medias
emergentes.
La
salida a esa situación no es la “revolucionaria” tradicional, aunque
claramente tiene que ser reformadora y progresista, capaz de romper con
los círculos viciosos y poderosos anillos del statu quo que
impiden el desarrollo humano inclusivo. Sobre todo, debe ajustar, con la
rapidez requerida, los modelos de desarrollo que las nuevas condiciones
históricas demandan, en particular servicios de educación formal y
vocacional de alta calidad, que garanticen el acceso de más jóvenes —y
especialmente de más mujeres jóvenes— a la fuerza productiva.
¿Por dónde empezar?
Primero,
se tiene que reconocer que los problemas de Centroamérica son
esencialmente nuestros, no de otros. Es imposible seguir el camino de
antaño, cuando las menesterosas “banana republics”
confiaban en los recursos de cooperantes externos para resolver sus
desafíos estructurales. Hoy, las naciones centroamericanas deben
producir más, gastar menos, invertir mejor, ser transparentes en el
manejo de los asuntos públicos y adecuar sus sistemas tributarios de
manera que los que más tienen, más contribuyan al desarrollo.
Segundo,
se deben buscar más espacios de incidencia para liderazgos renovados y
diversos y no dejar esa tarea solo en manos de quienes ejercen el
gobierno.
Tercero,
debemos propiciar un activismo ciudadano mayor y más constructivo desde
el nivel local, que no es el que se expresa en las redes sociales o en
el populismo callejero, sino el que encuentra soluciones concretas a
problemas concretos y cotidianos que mejoran la calidad de vida de la
gente en el corto plazo. Así se demuestra con hechos que la democracia
funciona.
Y cuarto, tenemos que entender que “los problemas de la democracia solo se resuelven con más democracia”.
Es decir, con mejores instituciones, con la formación de mejores
ciudadanos y al evitar los populismos mesiánicos y fundamentalistas que
tan bien conocemos, cuyas promesas de cambio son un espejismo y ponen en
grave riesgo la convivencia con pluralismo y respeto a todos los
derechos humanos.
Centroamérica
puede salir de su laberinto, tiene los recursos para lograrlo. Su gran
desafío, sin embargo, es más político que económico: tiene que recuperar
la paz y depurar la democracia. Lo demás, probablemente, venga por
añadidura.
Luis Guillermo Solís Rivera fue presidente de Costa Rica de 2014 a
2018. Actualmente es profesor visitante del Kimberly Green Latin
American and Caribbean Center de la Universidad Internacional de
Florida.
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